Si tenéis contacto con niños y adolescentes, el peluche de la foto os resultará familiar. En los últimos meses fue un boom en redes sociales y hoy ya lo tiene una gran parte de mis estudiantes de entre 11 y 15 años.
“En realidad se hizo para autistas” me dice uno de mis alumnos más jóvenes. Aunque más concretamente, la idea de este pulpo era que sirviese de comunicación para personas con dificultades para expresar sus emociones… ¿será que todos tenemos esa dificultad?
Aunque sea a un nivel extremadamente básico, el pulpo reversible les permite sincerarse sobre cómo se encuentran, evaluar sus emociones y traducirlas finalmente en una valoración binómica (bien/mal). Lo ponen del revés, lo miran, vuelven a evaluar su estado anímico y te encuentras con frases como “a ver, no me pareció bien, pero no es como para estar triste o enfadado” y le dan la vuelta.
Me encantó que hubiesen traído esto al aula para corroborar que la educación emocional es indispensable. Si un emocionario tan simple se ha hecho tan viral, el mensaje está claro: necesitan un tiempo de autoconocimiento y expresión emocional.